lunes, 8 de septiembre de 2008

Vinisteis y os vais. Ascendéis y descendéis, viajeros en una noria gigante, desde los cirros hasta el llano. Os vi llegar este año, en invierno y primavera, despiertos ante la sorpresa de una nueva edición que debería haberse dispuesto para la magia y las emociones. Compartí con vosotros pasiones y rutinas en despachos, noches y madrugadas en las piedras o en el bar.

Recuerdo que os amo cuando ya no estais. La fiesta ha concluido.

Marchais a vuestros cuarteles de invierno. Aquí me quedo otra vez, cerca de la mala tierra, confundido por las tristes leyes. A diez pasos del maligno; a veinte de quien supuse cercano en la batalla y hoy intuyo contra mí; a treinta de vuestro gabinete, tantas veces compartido, ahora silencioso; a cuarenta de la puerta de la calle, que esta mañana abordo sin vosotros, rumbo al café de las diez en un bar con cucarachas.

Vinisteis y ya os habéis ido. Quizás la siguiente primavera alguno regrese a este semisótano, pero acaso entonces yo no esté. Os vais -¿nos vamos?- por última vez.


Tenía 14 años y un colmado tan repleto de luz que optó por escapar de él para encontrar el aire lejos del hogar, para esconder sus abrazos en unos prados tan lejanos que necesitó sembrar el camino con montículos de piedras para no extraviar el regreso en medio del trigal. No contaba todavía con la edad suficiente para conocer el tiempo y su memoria blanca sólo alcanzaba a reconocer la lluvia que se encharcaba bajo a sus pies. En la escapada era displicente con una voz lejana que gritaba su nombre ante la extrañeza de no divisarle en el horizonte, pero le despreocupaba su congoja. Quería únicamente que su sombra se fundiese con el trigo dorado, que sus labios se uniesen a otros labios y que enjugasen mieles y aromas de tomillo, que sus dedos se deslizaran, dos a dos, por las formas de otro cuerpo para aspirar el asombro de lo desconocido
.
¿Qué resta hoy de aquel tiempo? Una rancia foto de juventud, de dos cuerpos desnudos junto al río, cuando desoían el eco de la voz que les reclamaba para escuchar sólo un viento suave, la cortina de agua sobre las hojas y el chapoteo de sus pies en el agua. Después, agotados por la algarabía y extraviados en la noche, el sueño acostumbraba a encontrarles a varias leguas de casa, mientras procuraban ahuyentar el miedo entre los mínimos abrazos de amor que la edad les permitía.

Cuando desde varias leguas les alcanzaba la lluvia, el desamparo de sus cuerpos era prohijado por el agua, que cubría la tierra hasta ocultar el rastro de las piedras en la senda. Entonces brotaban las urgencias, se desataban sus labios humedecidos. Pasado el temor y ante la realidad levísima, un clamor de voces alcanzaba la cercanía, aquellas que les llamaban sin apenas conocer sus nombres.

Pero ellos optaban por alejarse de sus ecos para correr hacia la cañada y asilarse en el farallón que habían alzado para esconder sus juegos prohibidos en los días de plenilunio. Semejaba una torre en el desierto: el suelo de cáñamo acogía las canciones de navíos y bucaneros; la azotea rezumaba calor con su presencia; la primera piedra era del país que les albergaba; los peldaños de la escalera que conducía a sus secretos surgieron de tantas horas vividas juntos; al fin, una veleta vertical a la tierra que dispusieron al viento cada día.

En aquel refugio supieron que el tiempo no existía, pues sus cuerpos desnudos resultaban invisibles y nadie les conturbaba. En él permanecieron hasta que la brisa de bonanza anunció una melodía. Pero volvieron las lluvias.

. . . . . . . . . . .

Él regresó muchos años después, ante otros gestos y frente a otros rostros, cuando ya era tarde y su cuerpo había asumido que la madurez no resultaba más que un naufragio de pasiones que se deslizaban por las hombreras de su chaqueta de cuadros. Entonces los rumores de Sinatra no olieron a hierba húmeda en la pradera, ni a Whitman, ni a él mismo, porque ya era imposible recobrar los ecos de aquellos domingos de party con meriendas de amor y chocolate.

Una brisa de olvido alcanzó la ventana cuando sonaron los primeros acordes de ‘Once upon a time’; de nuevo el viejo Sinatra procuraba inútilmente la melancolía. Lo susurraba entre el viento, similar al que muchos años antes había esparcido por el campo su inocencia. Cesada la canción, la lluvia alcanzó a la ciudad, que se convirtió en un mar plagado de istmos sin nombre. En aquella tarde de domingo se despidió una a una, acaso para siempre, de las voces, de los ecos de su tiempo de cerezas, tantos años después de la distancia.

domingo, 10 de agosto de 2008


¿En qué lugar del cerebro permanece la conciencia del pasado? Las mesetas de la memoria, las depresiones del tiempo, ¿dónde se ocultan? El paseante conoce la condición del coliseo que le acoge, las gradas sin fin, el cielo lejano, los rostros sin facciones en la escena sobre los que no existe el pasado, en los que no se refleja el futuro. Esa antigua calzada indescifrable pronuncia su nombre para acallar la memoria, para estampar sus huellas en la suavidad de la tierra y divisar el horizonte sin mirar atrás.

Recorre el hemiciclo romano entre la densidad de unos seres anónimos, desértico, y las piedras le recuerdan su nombre. Con el deambular aprendido, su figura se refleja en las inmensas columnas y comprende el mensaje: allí tienen lugar las representaciones presentidas, los escenarios anhelados y nunca existidos. Camina sin rumbo, vagabundo impertérrito entre la farsa, donde soñar es imposible.

El monumento es parte de una ciudad provinciana en la que los edificios, a varias leguas del cielo, suicidan la imaginación. El paseante calza el desengaño, se expone a la luz y evita las palabras. Afable a la indigencia, desnuda a medianoche los presagios, ajenos, turbios, intransitables. Si en ocasiones se reconoce sobre las depresiones del tiempo, su memoria calla, porque ya es tarde. Tarde para deletrear un nombre y desnudarlo sin pudor, para fragmentar la conciencia en su intento de reconocerse vivo en un ámbito apacible. Puesto que el paseante nació después de la muerte, todo le es extraño frente a la batalla: lanza su mirada hacia atrás y no reconoce al enemigo.

Habría de regresar, descubrir en cada drama los secretos de la pasión, saludar a los que fueron suyos con la conciencia de un beso y acariciar sus figuras bordando una sonrisa, no rehuir la mirada al tropezar con el abrazo rebosante de afecto, no reprimir el suspiro con los dedos en la comisura de sus labios. Cuantos quiso se fueron hablando de mesetas a rostros que él desconocía, encharcándose en la estela de ciudades en ruinas. Pero todos estuvieron aquí, es cierto, en este teatro del pasado y sin futuro.

Al cabo, vivir en este espacio no es más que modular con precisión la soledad: palabras cálidas, gradas que aceptan sus pasos por un módico silencio. Persistencia y antídoto a la muerte. Nacer cada madrugada a mitad de la cávea en una noche oscura, tan impenetrable que el aire trasciende a la ciudad donde nunca habitó devorado por los recuerdos.

Existe aprendiendo a no volver, calculando el horizonte con temor a lanzar atrás su mirada y convertirse en estatua de sal. El verano es a veces demasiado largo para compartir la soledad, las noches de calima en la versura donde nunca ha sabido mencionar al futuro por su nombre, el jardín colgante sobre el peristilo en el que, ante la mesa y la cerveza, lapida el calendario. El momento en que los actores se convierten en ausencia, en pleamar de imposibles iniciales. Y entonces mira hacia poniente en lo más alto del recinto, rema su vista con lentitud hacia otro aliento, y acepta. Que ya no es imprescindible existir con ansia de azoteas, que ha llegado hasta allí únicamente para reconocer las voces de aquellos que se fueron.

En ese instante el sueño posible termina dulcemente, como la herida en la que ya no persiste el dolor, como la soledad de ese teatro vacío. El paseante alza su cuerpo de la silla y se acoge a la calzada en la que todavía resuenan los saludos de cuantos quiso y el tiempo ha destruido. Alcanza la calle tras la verja y, al tiempo, su certeza: durar con esfuerzo, limitar el espacio, sobrevivirse.

martes, 29 de julio de 2008

Espoir

On reviendra. J'ai une espérance de l'espoir. Le temps, s'il veut, accorde le temps.

domingo, 20 de julio de 2008


Tiempo de lo falso al filo de los labios, tiempo de un mal sueño: la palabra dicha, la mirada confusa, el deseo presentido, el amor trasnochado, todo ha pasado por él como atraviesa el aire la gaviota, desde el cielo hasta el mar, en picado, con un vuelo progresivo que, al cabo, choca súbitamente con el agua. Y ahora [acompasado de nuevo a su bonhomía, recuperado] él se pregunta por qué la presuntuosa liviandad descompuso sus formas, qué estúpido frenesí trastocó su inteligencia de hombre adulto para ofuscarse en un anhelo temporal [tan reprobable, innecesario] con lo que nunca pudo ser, con lo que nunca ha sido, con lo que hoy ya no siente, porque el tiempo reconduce los caminos y acomoda las pasiones, al menos cuantas desbocadas cruzan sin destino las llanuras de su edad.

Ahora asume la razón de los actos cometidos, la explicación de sus persistencias cotidianas, la intromisión de su escritura en los aspectos más delebles de aquella a quien, ebrio de un arrebato extemporáneo y tardío, provocó la desazón y el desorden [perdón]. Hoy, cuando al fin el hombre regresa a su morada habitual y se reencuentra con su sombra sobre la mesa de trabajo, pone el lógico punto final a un libro nunca escrito, redacta minuciosamente un epílogo sin letras y después, conforme consigo mismo, rehabilitado, lo expande por los rincones de su casa. Hasta aquí la ventolera. Por fin y por principios.

Apenas sin querer y cuando tenía cubiertas casi todas las etapas de su vida, él volvió a cometer los mismos desaciertos que a los treinta años, aunque sin aceptar que entonces la pasión era posible y ahora sólo ha resultado una mirada al calidoscopio desconchado por el tiempo. Quizás porque la luz primaveral le devolvió una imagen aparentemente olvidada, un perfume, un color, un vestido para las tardes de ceremonias exactamente iguales que entonces. Y en ese estado fue necesario un solo instante para zozobrar en la melodía de otro nombre, en el concierto de otro sueño que [ahora lo comprende] nunca llegó a ser más que deseo, y exigiendo mucho esfuerzo.

Concluida la sinrazón de la mirada y la esperanza, vuelve a los antiguos ritos, con la pluma y la tinta azul, con la fotografía distinta, pero en lugar semejante. Y la palabra justa se recompone en su memoria exactamente donde antes. Y el añejo abrazo a cuantos quiere y le quieren regresa a semejante actitud. Nada o tal vez completamente todo [entendedlo] ha cambiado en su morada de rituales donde descansa el pasado y se conforma el futuro con el horizonte ofrecido de nuevo a su mismidad, estrictamente suya, intransferible.

Hoy, desprendido ya de tan brusca obstinación, se acoge a su entrañable soledad en claroscuro, y se apacigua. Todo pasó, todo acabó como era justo que lo hiciera, sin un principio: esquinas de la nada. Vuelve a ser él en la luz de la mañana, en los sueños de aguaceros, en las jornadas de trabajos compartidos, en las noches de jardín y bambalinas. Y comprende que a su edad el tiempo recompone los estadios de la mente con mayor lentitud que a los cuarenta, pero concluida esa labor, almacena la experiencia y la protege de intrusiones.

Al fin y al cabo, las cosas son como son y por siempre. Fue inútil su pretensión de mantener encendidos los anhelos en la niebla de la noche. El tiempo no se ha hecho para que recuerde lo imposible ni para guardar silencio tras la guerra conscientemente olvidada. Porque la vida no es como la vestimos con nuestra mirada.

viernes, 11 de julio de 2008


Se marchó más allá de los caminos hasta tocar el mar. Rozó el agua con esa mano que, un día antes y por última vez, se había amparado en el brazo de Federico. Miró profundamente al horizonte, ojos negros que prefirieron lo visible a lo invisible. Se detuvo en el infinito, sin prisa y en silencio, ni arriba ni abajo del muelle; después anduvo unos pasos, ascendió hasta la cubierta del ‘Orinoco’ y observó el cielo. Bajó la vista y respondió hasta pronto a cuantos le dijeron adiós. Entonces, con una lentitud acostumbrada, el buque comenzó a surcar el mar.

Se marchó más allá de las olas hasta tocar la tierra. Allí inventó frases, pensamientos, días, pequeñas historias con el mismo remitente: el deseo de volver pronto a su casa, donde aguardaban para ella sus más limpios manteles y la mejor sonrisa de sus flores. Giró por Cuba y Argentina con la promesa de postales en las que anunciaba siempre que en septiembre amarraría en Santander, para alcanzar más tarde el Principal de Barcelona. Pero entonces se abrieron las entrañas de su patria, el cielo se oscureció de pronto y desvaneció para siempre los caminos del retorno.

Exiliada, extraviada y excoriada, pero remansada por la nostalgia, 33 años después y en un atardecer de primavera, Margarita reposó su senectud en el sencillo muro de piedra erigido frente a su casa de Punta Ballena. Después alzó su cuerpo, dio unos pasos y se cobijó en la sombra del zaguán. Entonces el dolor le alcanzó como se quiebra el cristal. Consciente todavía, todos los recuerdos cruzaron por sus ojos como una lluvia de asteroides y, quizás por última vez, acordó su memoria a la de su patria para asumir una vez más la fugacidad de su estela de actriz. Como Moretti sentenció frente a la tumba de Brecht, Margarita sabía que si de los poetas queda la palabra, de los cómicos nada permanece. Su voz, su gesto, su enjuto cuerpo ya no pudieron recomponerse tras las bambalinas. Murió en un hospital uruguayo el 25 de abril de 1969.

¿Es posible amar a quien nunca hemos conocido? Yo tengo esa certeza. Este artículo, estas palabras han surgido merced a mi íntima deuda personal, no transferible, con Margarita Xirgu Subirá. Palabras ascendentes como la hiedra en su fidelidad, en su armonía, como la espuma cuando rompe sobre la cresta del acantilado tanto en la calma como en la tempestad. Ésta es la luz que de ella he recibido, ésta la herencia que me ha dado Margarita; la amo, porque es mía como el color de su nombre, y la amo además porque nunca la conocí. Porque he sido obligado a inventar su mirada, sus contornos, sus recuerdos innominados que he vuelto habitables. Amo su muerte, su forma de morir, porque me anima a vivir, a aceptar la incomprensión y la violencia con que el desalmado acostumbra a caer ahora sobre su tierna sombra sin otra determinación que la alevosía.

Ni cuantos me leéis ni yo mismo habremos conocido a Margarita más que en los ámbitos añejos de daguerrotipos y fotografías, o en los celuloides primitivos. Quienes ahora suponéis que este mundo es vuestro habréis de saber que hace 75 años fue suyo, aquí, en nuestra cercanía y en el Teatro que, en estas fechas, ilumina cada noche su escenario. En ese Teatro que entonces fue estrictamente suyo buscad la soledad, sentaos en una piedra de la cávea y amad a esta mujer, como yo hago ahora en el equilibro de luz del ocaso, en el sosiego. Aprehended su rostro en vuestras retinas, cerrad los ojos entonces como si la llegada de la noche anunciase su retorno. Como un espacio sin voz hacia lo hondo oculto. Y soñadla a vuestro gusto.

sábado, 5 de julio de 2008


Alcanzado el punto de no retorno, oteas el camino recorrido y te confortas frente a la inmensidad del paisaje de tierra y agua, abrupto en pedregales erosionados por los ciclones en donde tu fortaleza encuentra la razón de subsistir y la justificación de su empeño; desgastado por el oleaje de la Costa da Morte, donde habitan las fuertes corrientes, perviven los temporales y donde las repentinas cerrazones de niebla desencadenan múltiples naufragios. De Fisterra a Cereixo: de los sedantes aguaceros al silencio de un paraje ofuscado en el abandono de las normas. Aquí el tiempo no atraviesa a la piedra [adorada porque es el fin de la tierra conocida], ni la flora se merma en el camino, convertido en un tobogán elástico. Aquí la luz se preña de las tonalidades del mar para, finalmente, parirlas en la atalaya.

Y aquí, ebrio de dicha, acampas la memoria. Jugueteas con la fortuna, sintonizas tu ánimo con el de las viejas correderas, con el sueño de los hórreos que se alzan desmembrados entre los escarpes del pretérito. Junto a un viejo campanario cubierto de hiedra, en una colina, procedes a purificar en el fuego cuanto has escrito: las hojas azules en las que tu juventud puso, con tinta negra, nombre y apellido a las delebles pasiones; los cuadernos con tapas de hule que contienen centenares de arcaísmos, definidos uno a uno para enriquecer tu lenguaje; los enroscados artículos que precisaste escribir para sonorizar el silencio; los libros que has publicado. Verbo y fuego, una conjunción ineludible si, como supones, tu pretensión es consumarte en el gozo con la penitencia del olvido.

En la austeridad de los muros de Cereixo, entre sus reducidas calles, en sus vetustas construcciones, en el cementerio de la iglesia románica [sepulcros floreados, lápidas con austeros epitafios] pones coto al pasado, puesto que en él fue breve el descuido, fugaz el tiempo, copioso el amor y ajena la desdicha. Vives aquí la muerte, la aposentas en la hojarasca de otoño que cubre los pórticos de piedra y de adobe, la recibes junto a la costa en donde las olas alcanzan mayor altura que la niebla; la vives tanto que regresas a la pureza para sentirte desprovisto de normas, leyes, dictámenes.

Cuando te aproximas a una piedra de abalar, la mueves sin pecado con la esperanza de que aumente tu dicha y te regale los sueños que no sueñas o, aún más adecuado, aquellos en los que nunca volverán a estar cuantos nombres el aire y el fuego han convertido en ceniza. Sumerges la imaginación de tu duermevela marina en paisajes que nunca has conocido, incluso en amores que fueron y hoy quizás aún te mencionen [seguramente en calma] y aprendes a no soñar con lo que al despertar recuerdes.

Vives aquí, en la Costa da Morte, en donde el tiempo se detiene sin baldones en beneficio de la leyenda, de las ciudades sumergidas en el mar o bajo las piedras. Vives para desnudarte de las ansias que a nada conducen, para imaginar el principio de los tiempos, permitir que el cielo se funda con la tierra y que de esa unión nazca la vida en los acantilados, como la armeria, como los pétalos inmaculados de silene. Por eso, en el lugar más deshabitado de la costa, desbocas tu dicha y acampas definitivamente la memoria. Reencarnado, oteas de nuevo las sendas que has cruzado, los paisajes abruptos que te trajeron hasta el fin de la tierra conocida, y rememoras los años que empleaste en el viaje, los seres que en la ruta ocuparon tus ansias y tus penas. Cuanto fue, hoy es ceniza. Como a un barco sin fanal, la Costa da Morte ha provocado el naufragio de tus utopías. Y ahora, como piedra de culto, permaneces.